Al entrar espontáneamente se
siente como el ruido de la cuidad queda opacado por el gallinero que coexiste
dentro, y bueno era de esperar en un lugar en el que las mujeres son más en un
porcentaje de diez a uno.
El
estilo arquitectónico del lugar, acompañado por una sinfonía en tu imaginación,
produce una sensación escalofriante y lúgubre, como un cementerio de día, no da
terror pero algo causa, tal vez ayude la casualidad que ese día en la calle no
había luz, no en nada poco habitual en una metrópolis como lo es Buenos Aires.
Al aproximarse
el mozo esquivando las mesas, no necesitaba ni pensarlo ya que es lo mismo de
siempre, un tostado y una gaseosa. Luego de pedir solo queda la sofocación de
esperar a que llegue la gaseosa, o el tostado, lo que venga primero. Para matar
esa agonía que siempre aparece como deja-vu del día anterior, y del anterior, y
del anterior, y del anterior a ese no porque fue domingo y los domingos se come
asado, me puse a ver a los otros humanos que habían terminado en el mismo lugar
y tiempo que yo, la mayoría ya tenía la comida en la mesa, se observaba a un
grupo de seis mujeres que se habían pedido una picada que venía con unos mini
sándwiches y ninguna había siquiera tocado a uno, deben de estar a dieta y
pidieron eso para decorar la mesa por que se fueron sin mantener contacto con
ninguna de las cosas de la picada.
Mas al
fondo se observaban varios grupos de ancianas, y una familia que a diferencia
de las otras personas del lugar si comía, aunque solo se habían pedido una
porción de pizza para cada uno, al
parecer estar de moda estar a dieta.
Luego ha
de legar la comida, no duro mucho sobre la mesa, pero estaba rica. Solo faltaba
pedir que me traigan la cuenta, cuando la trajeron comprendí porque la gente estaba a dieta en estos lugares

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